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La Pavlova viajera

Por Prof. Mag. Lucía Chilibroste

Siento que todos de una forma u otra conocemos a Anna Pavlova. Pero lo que a mí me pasó con ella hace unos años es que tenía idea de sobre quién Pavlvoa, pero no una real dimensión de todo lo que hizo y de todo lo que aportó. Algo que no sé si a los demás les pasa. Pavlova fue muchas cosas: una inmensa bailarina, directora de su compañía, coreógrafa, maestra, actriz de Hollywood, ícono de la moda, una gran empresaria, una referente cultural y una bailarina viajera. Una incansable viajera. Y ese espíritu más la condición de ser una artista excepcional, sin dudas la convirtió en la mayor difusora del ballet clásico del mundo. Y es en eso que en esta nota me quería detener.

 

Una entre mil

“… Reconozco que la técnica de Ana Pavlova era limitada; que sus arabescos no eran tan puros ni clásicamente perfectos como los de la Markova, que sus saltos y su batterie era pobres y sus vueltas no podían compararse, en cuanto a vigor o número, con la resistencia de la Baronova o la Toumatova. Sé que sus decorados estaban pintados por artistas de segunda clase, su música estaba al nivel de las orquestaciones de restaurante, su compañía era decididamente inferior al tipo en que hoy se insiste, y la coreografía casi toda chata. Sin embargo, puedo afirmar que en su persona resumíase la quintaesencia de la emoción teatral”[1]. Estas palabras de la coreógrafa Agnes de Mille, quien vio bailar varias veces a Pavlova parecen ser un denominador común de lo que era ella y sus espectáculos, y lo que ella generaba.

Desde que se había iniciado en la Escuela de los Teatros Imperiales esta jovencita de orígenes muy humildes parecía carecer de lo que se necesitaba para ser una buena alumna. No tenía el físico ideal. Era demasiado flaca, larguirucha y desgarbada. Para corregir eso le hacían comer grasas y aceite de bacalao.

También le criticaban su falta de fortaleza técnica, que su danza presentaba una gran fragilidad y que se veía insegura técnicamente. Estaba muy lejos del ideal de la época que era la italiana Piernia Legnani. Algo que ella, a quien llamaban “la escoba” por lo flaca y obstinada[2] intentaba corregir a toda costa, aunque su maestro Pavel Gerdt le decía: “¡Deje a las otras los efectos de acrobacia! Me duele, positivamente, ver sus tobillos tan frágiles obligarse a semejantes pasos. Lo que consideraba como imperfecciones constituye, por el contrario, las cualidades originales que la vuelven única entre mil[3].

Pavlvoa era única entre mil y sabiéndose detentora de esa quintaesencia de la emoción teatral de la que habla de Mille, hizo de su vida un apostolado con la misión de llevar la danza tan lejos como pudiese.

Primeros viajes

Hacia 1908 y 1909 Pavlova hizo sus primeras giras como bailarina fuera de Rusia durante las vacaciones de verano junto a un empresario finlandés Faizer. Viajes que fueron muy importantes en su carrera ya que le ayudaron a conocer la situación y recepción del ballet fuera de Rusia y aprender a armar un espectáculo. Además fueron vitales para verse fuera de contexto y considerar la potencialidad de una posible futura carrera solista al estilo de otras bailarinas contemporáneas como Isadora Duncan, Ruth Saint Denis o Antonia Merced la Argentina. Y tras haber estado una temporada junto a Diaghilev, entre 1912 y 1913[4] tomó la fundamental decisión de armar su propia compañía.         

¿Dónde bailaba Pavlova?

            Para Pavlova no había un lugar especial para bailar. Podía hacerlo en el teatro más refinado del mundo, pero también en una plaza de toros en México, en un circo después de un número de un elefante, en una mezquita o en una academia de baile. Cualquier espacio le era vital para llevar su arte. Expresamente llegaba a ciudades menores y lugares donde no se tenía del todo claro qué era el ballet, saliendo del circuito de las ciudades capitales. Tampoco le temía a los contextos particulares, como bailar en México en plena revolución o en Ecuador durante la epidemia de la fiebre amarilla.     

Una vez mientras que estaban en una gira por Estados Unidos y llegaron a Jackson, Misisipi les tocaba bailar en una especie de garaje-galpón devenido en escenografía de un teatro de cuarta categoría para una película, el cual por si fuera poco, el cuarto que oficiaba de camarín se encontraba infectado de ratas. Ante el espanto de las bailarinas y el reclamo de cómo podían bailar ahí, la respuesta de Pavlvoa fue: “¿Cómo la gente de estos pequeños lugares podría verme si no vengo a bailar aquí?[5]. Ese parecía ser siempre su espíritu.

Incansable viajera

            Su trabajo inquieto hacía que la compañía pudiese bailar en una ciudad por noche y a otra a la siguiente. O a veces estar dos noches y hacer tres funciones. Un ritmo de trabajo que dejaba exhaustos a muchos de sus bailarines. El director musical de su compañía Theodoro Stier declaraba en sus Memorias que durante los 16 años que estuvo trabajando con Pavlova la compañía hizo 3.650 funciones, lo que significa un promedio de 228 funciones al año: ¡muchísimo! ¡Un disparate! Especialmente si tenemos en cuenta que era una compañía itinerante.

            El continente americano fue gran receptor de esta bailarina y su compañía, especialmente durante la primera guerra mundial, aunque después regresó varias veces, en larguísimas y relativamente poco lucrativas giras señala Pitchard[6]. Se estima que en total estuvo en América unos 7 años, lo que equivale a un tercio de su carrera profesional[7]. También bailó en África, Asia, Australia (donde se creó el famoso postre en su honor, que aún hoy en día australianos y neozelandeses disputan su autoría) y por supuesto Europa.

Pavlova milagrosa

            Muchos de quienes se han interesado en comparar a la compañía de Pavlova con su contemporánea los Ballets Russes, señalan que la originalidad coreográfica o la magnitud de las compañías de la primera se veía desfavorecida respecto a la segunda. Sin embargo las dos compañías salidas de la misma escuela y teatro no eran competencia. Tenían visiones, repertorios, compañías y objetivos diferentes.

            La compañía de Pavlova era pequeña en comparación a la de Diaghilev. Sus escenografías y vestuario eran reducidos para que fuese fáciles moverlos, armar, desarmar y adaptarlos a cualquier espacio, porque el fin era precisamente llegar a bailar a cualquier espacio posible.

También con ese criterio eran elegidas sus coreografías. Uno de sus biógrafos, Keith Money escribía al respecto: “ella no creía que Fairy Doll fuese la máxima expresión del ballet, pero sí creía en que podía ser una especie de pasaporte para generar futuras audiencias. Y con esa concepción Pavlova hizo milagros”.

            Son muchos los testimonios de personajes que se sintieron “tocados” después de haber visto bailar a Pavlova. Agnes de Mille fue una de ellas, Lincoln Kristen, uno de los fundadores del New York City Ballet fue otro, Frederik Ashton uno de los fundadores del ballet inglés otro del séquito. Él cuenta en sus memorias que cuando en Lima, Perú vio por primera vez aparecer a Anna Pavlova se sintió decepcionado. “¿Es ella?” se preguntó. Pero en cuanto comenzó a bailar ella era “tan, tan hermosa. Verla sobre el escenario fue mi fin. Me inyectó con su veneno y desde el final de esa noche quise bailar[8].


[1] De Mille, Agnes; “Mi vida en la danza”; 1952; Compañía general fabril editora; Buenos Aires; pp.53-54

[2]  Karsavina, Tamara; “Los Ballets Russos. Mis memorias”; Buenos Aires; Editorial Schapire; p.67

[3] Íbid; p.68

[4] Pitchard, Jane y Hamilton, Caroline en “Anna Pavlova: Twentieth Century Ballerina” toman la fecha de 1912 y Ana Abad Carlés en su tesis de doctorado “Coreógrafas, directoras y pedagogas: la contribución de la mujer al desarrollo del ballet y los cambios de paradigmas en la transición al s. XXI” la de 1913.

[5] Pitchard, Jane; Hamilton, Caroline; “Anna Pavlova: Twentieth Century Ballerina”; Booth-Clibborn; 2013; p. 104

[6] Idem.

[7] Idem.

[8] Vaughan, David; “Frederick Ashton and his ballets”, Londres; Adam and Charles Black; 1977; “p. 7

Publicado en la Revista Sinfónica. Octubre 2021.

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