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El regreso de Baryshnikov

Foto tomada de Twyla Tharp Dance Foundation

Desde que Baryshnikov se fue de la Unión Soviética en 1974, él nunca le interesó volver a bailar ni a nada (algo que Makarova y Nureyev deseaban desesperadamente). Tampoco le interesó luego de terminada la guerra fría.

En 1989 mientras la URSS iniciaba su proceso de apertura, Makarova fue la primera en recibir la invitación para regresar y bailar (ver entrada de ese regreso). La invitación fue extendida a Nureyev y Baryshnikov. El primero inmediatamente aceptó. Baryshnikov no. Decía no tener ningún interés.
Sin embargo en 1998 a sus 50 años, nadie sabe bien por qué, pero quiso regresar a Riga, su ciudad natal. Volvió a Letonia (no a Rusia).
Naturalmente era un regreso muy emotivo. Allí había vivido hasta los 16 años, había perdido a su madre, se había formado, y había dejado ya mucho tiempo atrás a su lejano padre (quien había fallecido en 1981) y medios hermanos con los que no tenía ningún trato. También había viejos maestros y amigos.
Volvió a bailar solo en una función que es descripta como de antología. Y eligió para cerrar las funciones este ballet de Twyla Tharp llamado Pergolesi (por el nombre del compositor). “Una elección inteligente”, escribió la también inteligente periodista Joan Acocella, quien lo acompañó en este regreso y cuya crónica completa se publicó en The New Yorker y no tiene desperdicio[i].
Tharp creó esa obra para él y ella en 1993, pero luego sintió que no tenía sentido su participación por lo que quedó como un solo. Un solo que es una maravilla y que parece un repaso de la carrera artística de Baryshnikov en la que se mezclan danzas folclóricas, de salón, ballet  y todo lo que Twyla Tharp sabe perfectamente combinar, y más con un Misha de bailarín.
Una coreografía en la que juega con el humor y la historia. Cuenta y se ríe de esos fuegos artificiales que generaba con los clásicos como El corsario, La siesta de el fauno, La Sílfide, El Espectro de la rosa o El lago de los cisnes, pero a su vez se desprende de eso.
Acocella cuenta que cuando Baryshkinov terminó esas funciones en Riga bailando Pergolesi no supo qué fue lo que pasó, “pero él explotó[ii].
Piensa que tal vez se encontraran las dos mitades de su historia, o en ese momento, él quiso darle a esa gente todo lo que tenía dentro. “Nunca lo vi tan feliz en el escenario, o tan ‘wild’” (pónganle la traducción que quieran) dice. Ella que tanto lo vio durante tantos años. Así que imagínense y disfruten.

Si les interesa saber más sobre el curso de Misha, aquí encuentran más info.


[i]  Joan Acocella; “The Soloist; At fifty, Mikhail Baryshnikov reflects on how ballet saved him”; The New Yorker; 11/1/1998

[ii] Ibíd

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